He estado revisando archivos antiguos y volví a encontrar un artículo que leí hace algunos años, de Dr. Kazunobu Kojima y coautores (https://buff.ly/ftSsHMD), en el que se argumenta a favor de un replanteamiento de la bioseguridad de laboratorio a escala global desde un enfoque basado en riesgos.
 
En su momento, una idea se me quedó muy clara. Los autores señalaban explícitamente que los enfoques prescriptivos basados en niveles habían pasado a sustituir al análisis local de riesgos, la capacitación y la gobernanza, no porque representaran una buena práctica, sino porque hacían que las decisiones fueran legibles, repetibles y escalables. Esas cualidades —argumentaban— realizaban un trabajo institucional muy concreto. Permitían que las decisiones circularan, fueran reconocidas y pudieran ponerse en práctica en sistemas que no pueden apoyarse en la observación directa ni en una comprensión contextual detallada.
 
Al releer el artículo ahora, me doy cuenta de hasta qué punto esa idea se ha vuelto central en mi propia manera de pensar la gobernanza de la bioseguridad. He llegado a ver el pensamiento en términos de niveles BSL menos como una prescripción (¿rigidez ?) y más como un marco intersubjetivo: una forma compartida de dar sentido a los laboratorios y a sus riesgos. En otros espacios he descrito esto como un discurso que permite estabilizar decisiones entre instituciones, financiadores, evaluadores y reguladores que necesitan coordinar acciones sin tener acceso a la realidad operativa completa de un laboratorio determinado.
 
La cuarta edición del Manual de Bioseguridad en el Laboratorio de la OMS asumió el giro técnico hacia la justificación basada en actividades y el razonamiento basado en riesgos. Lo que sigue estando menos resuelto es cómo ese giro está pensado para funcionar como un marco compartido de toma de decisiones: cómo los enfoques basados en riesgos deberían sustituir el trabajo de gobernanza que los niveles realizaron de manera silenciosa durante décadas.
 
Volver a este texto ha sido un recordatorio de que la bioseguridad basada en riesgos no es tanto un desafío técnico como un problema de gobernanza, y que buena parte de su dificultad se concentra precisamente ahí.