artículo

Introducción

Gran parte de la literatura sobre bioseguridad y contención biológica está construida en torno a normas y controles prescritos y, como resultado, tiende a tratar la bioseguridad como una condición que puede alcanzarse a nivel de diseño, respaldada por los procedimientos adecuados y el cumplimiento normativo. Estos marcos son esenciales. Pero se presta mucha menos atención a cómo la contención se sostiene realmente en la práctica cotidiana, en particular en contextos de restricciones técnicas, institucionales o de recursos.

Este artículo se sitúa en ese vacío. No propone nuevas normas ni ofrece “mejores prácticas” prescriptivas. En cambio, examina la bioseguridad como un proceso vivido y continuamente negociado que emerge en la intersección de las demandas, a veces contradictorias, de la infraestructura, la gobernanza, la cultura organizacional y la toma de decisiones individuales. El contexto del artículo no son los laboratorios tal como se imaginan en las guías, sino tal como se planifican, se ponen en marcha, se adaptan y se operan a lo largo del tiempo.

Los aportes desarrollados en este artículo se basan en una mesa redonda profesional documentada, realizada durante una sesión avanzada de capacitación de BioLab sobre bioseguridad y bioprotección en laboratorios de alta contención. La sesión se estructuró como una discusión facilitada entre profesionales con experiencia sobre las realidades operativas que enfrentan en su trabajo cotidiano. Los temas abordados incluyeron: comisionamiento improvisado y despliegues parciales de infraestructura, cumplimiento conductual bajo estrés térmico y fallas de equipos, respuestas institucionales ante desviaciones, pérdida de memoria y rotación de personal, modelado de seguridad y mentoría entre pares, y ética práctica en torno a las relaciones con donantes, la confianza comunitaria y el cumplimiento simbólico. La franqueza de la discusión puso de relieve la tensión entre los protocolos escritos y las realidades operativas, incluidas adaptaciones creativas, error humano, puntos ciegos institucionales y momentos de liderazgo silencioso.

Esa discusión dejó claro que la bioseguridad no puede entenderse únicamente como cumplimiento técnico, sino que también debe considerarse como una práctica sociotécnica e institucional. Visto de este modo, la conversación sobre cómo lograr la bioseguridad cambia: la pregunta central no es si los procedimientos y políticas correctos están en vigor, sino cómo la bioseguridad se produce, se tensiona y se repara de manera continua en entornos reales.

La mesa redonda permitió desarrollar aportes sobre formas de trabajo que son difíciles de documentar: adaptaciones informales, cumplimiento parcial, atajos operativos, corrección entre pares, vacilación y la necesidad de ejercer buen juicio bajo presión emergen como formas clave en que la bioseguridad opera como un proceso vivido más que como un estado alcanzado.

Para ser claros, este artículo se basa en una muestra relativamente pequeña de profesionales de bioseguridad que aceptaron compartir sus experiencias y reflexiones. Ofrece un análisis conceptual informado por esa discusión y no hace afirmaciones de investigación fuera de ese contexto. Su objetivo es más modesto y más práctico: examinar cómo opera la bioseguridad como un sistema a lo largo del tiempo y por qué la suficiencia técnica por sí sola rara vez determina si la seguridad se mantiene efectivamente.

 

Bioseguridad como sistema sociotécnico

La discusión dejó claro que muchos problemas de bioseguridad no pueden entenderse —ni resolverse— observando únicamente los sistemas técnicos. La realidad reconocida es que los sistemas de ventilación, filtración, redundancia y monitoreo pueden funcionar según lo diseñado, mientras que, al mismo tiempo, el desempeño en bioseguridad puede estar deteriorándose. Esto se planteó como el resultado de una contradicción fundamental. Los laboratorios se diseñan como sistemas técnicos, pero operan como sistemas sociales. Muchas de las decisiones clave sobre el riesgo se toman en relación con jerarquías, prioridades institucionales, imperativos de recursos y otros factores no relacionados con el diseño técnico.

No hay dos laboratorios iguales, aunque puedan estar operando al mismo nivel de contención, en el mismo país, sujetos a las mismas regulaciones, trabajando con los mismos patógenos y utilizando el mismo equipamiento. Esto es bien conocido. Pero un aporte clave que surge de considerar la bioseguridad como un sistema sociotécnico es el reconocimiento de que la naturaleza social de su operación es un factor central en esa diferencia. El mismo laboratorio, con el mismo equipamiento y los mismos procedimientos, puede operar de manera muy distinta según cómo se tomen las decisiones y quién esté facultado para tomarlas. Se reconoció que la naturaleza de la estructura de autoridad tiene un impacto determinante en la operación segura del laboratorio. Cuando la autoridad es clara y la comunicación es abierta, los sistemas técnicos pueden funcionar como se pretende. Sin embargo, los sistemas técnicos se vuelven menos eficaces cuando la autoridad está fragmentada o es objeto de disputa.

La discusión planteó una posibilidad interesante: que las fallas de bioseguridad son más probables cuando los sistemas sociales compensan los límites técnicos sin reconocer que lo están haciendo.

Esta compensación silenciosa es clave. Las personas cubren brechas, reinterpretan procedimientos, desarrollan soluciones ad hoc o ajustan umbrales para que el trabajo continúe. La intención es preservar la seguridad a corto plazo. Pero el efecto acumulativo de estos “arreglos” puede cambiar la forma en que el sistema opera: con el tiempo, el laboratorio deja de operar de la manera en que fue diseñado. Dicho de otro modo, los laboratorios, como cualquier sistema social, pueden evolucionar bajo la influencia de capas de toma de decisiones informales y no documentadas. La intención de diseño y la realidad operativa se desacoplan. El peligro surge cuando los sistemas sociales continúan evaluando la seguridad en función de la intención de diseño sin reconocer que esta ha quedado desalineada respecto de cómo las cosas operan realmente.

Comprender la bioseguridad como un sistema sociotécnico obliga a una conclusión incómoda: mejorar la seguridad requiere cambiar la forma en que se toman las decisiones, no solo la forma en que se especifican los sistemas. Sin abordar la gobernanza, los incentivos y la comunicación, las mejoras técnicas por sí solas tendrán un efecto limitado.

 

La presión temporal como variable de contención

Entre los sistemas sociales que influyen en la operación de un laboratorio, la presión del tiempo se encuentra entre los impulsores de riesgo más significativos. De manera importante, la presión para cumplir con requisitos basados en plazos no se planteó como una condición de fondo, sino como un impulsor estructural del riesgo. Aquí también, comprender la bioseguridad como un proceso sociotécnico enmarca el desafío de una manera particular. Los sistemas técnicos están ligados al tiempo en el sentido de que requieren calibración, inspección, mantenimiento y reemplazo en calendarios regulares para garantizar una operación segura. Sin embargo, en la medida en que la bioseguridad es también un proceso social, también está condicionada por cronogramas definidos por factores que tienen poco que ver con la seguridad. Los ciclos de financiamiento, los compromisos políticos y las demandas de respuesta a emergencias son solo algunos de los factores que imponen plazos externos que pueden o no alinearse con la secuencia necesaria para estabilizar sistemas complejos de contención.

En la práctica, esto significa que los laboratorios a menudo comienzan a operar incluso cuando el comisionamiento aún está en curso. Los procedimientos pueden seguir en desarrollo, los equipos y sistemas pueden no estar completamente funcionales y el personal puede seguir en capacitación. Inevitablemente, habrá muchas instancias de la compensación silenciosa mencionada anteriormente, y esto puede presentarse como necesario para poner el trabajo en marcha. A menudo también se presenta como transitorio: soluciones temporales necesarias ahora que serán reemplazadas en algún momento cuando los procedimientos alcancen a la operación.

Sin embargo, la discusión subrayó que, a medida que las operaciones continúan sin incidentes, el encuadre de estas soluciones y compensaciones temporales como arreglos provisionales puede desplazarse y ganar legitimidad como simplemente la forma en que se hacen las cosas —porque nada ha salido mal, las cosas deben estar funcionando como están. Dicho de otro modo, con el tiempo, lo que comienza como una excepción puede convertirse en una práctica incorporada. El desafío es que, en tanto excepciones, los supuestos sobre su capacidad para garantizar una operación segura nunca fueron plenamente puestos a prueba.

Quizás la posibilidad más interesante —y problemática— que emerge de este patrón es que la presión del tiempo hace más que potencialmente empujar a un laboratorio a operar antes de estar listo. También puede reconfigurar la lógica de decisión operativa. En lugar de preguntar si las condiciones cumplen con los umbrales de seguridad, las instituciones pueden comenzar a preguntarse si interrumpir el trabajo para poner a prueba las prácticas previamente temporales es defendible. Ese cambio reduce el abanico de decisiones aceptables y eleva el umbral para la intervención. En ese punto, la bioseguridad queda gobernada menos por criterios técnicos y más por la tolerancia organizacional a la disrupción.

En este sentido, la presión del tiempo no solo crea riesgo. Puede, de hecho, cambiar la forma en que el riesgo es percibido, justificado y absorbido por el sistema.

 

Adaptación informal y riesgo latente

Todo laboratorio desarrolla prácticas informales. La discusión volvió repetidamente sobre esta realidad. Muy a menudo, las prácticas informales emergen cuando los procedimientos formales no logran captar las sutilezas de la operación en la práctica. El equipamiento puede no funcionar como se esperaba cuando los procedimientos se desarrollaron por primera vez, los flujos de trabajo pueden cambiar con el tiempo, los niveles de personal pueden aumentar o disminuir, o el alcance de las actividades realizadas en el espacio puede ampliarse. El personal, especialmente el personal con experiencia, puede hacer ajustes a los procedimientos formales en respuesta a condiciones cambiantes para que los márgenes de seguridad se mantengan y el trabajo pueda continuar.

Estas adaptaciones suelen ser eficaces, previniendo incidentes y permitiendo que los laboratorios funcionen en condiciones imperfectas. La discusión sugirió que estas adaptaciones se experimentan en el trabajo como profesionalismo más que como desviación. En términos simples, el problema no es que estas prácticas informales se desarrollen, sino cómo las instituciones se relacionan con ellas. Aquí se entrelazan cuestiones relacionadas con la compensación silenciosa, la presión temporal y las estructuras de autoridad.

La discusión indica que, por diversas razones, las prácticas informales tienden a permanecer invisibles. Documentarlas puede exponer brechas en el diseño, la validación o la asignación de recursos. Revisarlas puede forzar decisiones que las instituciones son reacias a tomar, como detener la operación. Nuevamente, existe una preferencia sistémica por no “arreglar algo que no está roto”, y por ello las prácticas informales se permiten tácitamente mientras funcionen. Sin embargo, dado que no están formalizadas, rara vez se examinan como parte del sistema de seguridad.

Esto produce un tipo específico de riesgo que podría describirse como “estabilidad sin resiliencia”. El laboratorio parece funcionar sin problemas, pero, de manera crucial, esa estabilidad depende de personas —no de sistemas— que saben dónde están los puntos débiles y cómo compensarlos. Cuando esas personas se enferman, se jubilan o están sobrecargadas y estresadas, la compensación silenciosa que aportan desaparece.

Un aporte muy importante que surge de la discusión es que las instituciones se benefician de las prácticas informales en tanto la seguridad, o al menos la apariencia de seguridad, se mantiene. Sin embargo, se mantiene de manera ad hoc, a través de la aplicación de la experiencia y el juicio de individuos, en lugar de hacerlo de forma institucional, mediante una comprensión compartida y la toma de decisiones colectiva. El resultado es que el riesgo latente se acumula con el tiempo y las grietas pueden emerger rápidamente cuando las prácticas informales dejan de funcionar. Esto puede ocurrir cuando no logran transferirse, no escalan o fallan bajo nuevas condiciones. Lo que parece una ruptura repentina es, en realidad, la consecuencia diferida de dependencias de larga data pero no reconocidas.

La conclusión de esta discusión es que mejorar la bioseguridad no significa eliminar las prácticas informales. Significa hacerlas discutibles. Sin ese paso, los laboratorios siguen dependiendo de un trabajo invisible que no puede sostenerse en el tiempo.

 

La memoria institucional como dependencia del sistema

La memoria institucional emergió en la discusión no como un tema blando, sino como uno estructural que fluye directamente de la discusión sobre las prácticas informales, pero que también introduce consideraciones adicionales.

Los participantes describieron situaciones en las que existían procedimientos, pero nadie recordaba por qué se habían redactado de esa manera. Configuraciones de equipamiento persistían mucho después de que las condiciones que las requerían hubieran cambiado. Se aplicaban tolerancias de riesgo sin claridad sobre cómo se habían establecido. Muchas decisiones relevantes para la seguridad se tomaron una vez y luego fueron heredadas por equipos futuros sin el contexto que originalmente las justificó. El tema se planteó en la discusión como una dependencia oculta: los laboratorios dependen de la memoria institucional, pero rara vez la cultivan o gestionan de manera explícita. En la práctica, cuando el personal con experiencia se va, el conocimiento se pierde, no porque fuera secreto, sino porque nunca se formalizó.

Esto crea una vulnerabilidad específica. El personal nuevo hereda sistemas que parecen estables, pero que contienen compromisos no resueltos. Sin contexto histórico, pueden repetir decisiones que originalmente se tomaron bajo restricción, o no reconocer riesgos que equipos anteriores habían aprendido a gestionar de manera informal. Las consecuencias son acumulativas. Retomando el potencial que crea la presión del tiempo para que los procedimientos provisionales se conviertan en prácticas incorporadas, existe además la posibilidad de que cada pérdida de memoria incremente la dependencia de documentación que nunca fue diseñada para contener todo el contexto operativo. Dicho de otro modo, con el tiempo, el laboratorio se vuelve menos capaz de aprender de su propia historia.

Como proceso sociotécnico, la bioseguridad depende de la continuidad de la memoria institucional tanto como de sus sistemas técnicos, y posiblemente incluso más. Tratar la memoria institucional como una dependencia del sistema en este contexto la reencuadra de manera significativa: la transferencia de conocimiento, la documentación de las razones y la reflexión deliberada sobre decisiones pasadas no son una carga administrativa. Son funciones de seguridad.

 

La gobernanza como parámetro de contención

Cuando los problemas de bioseguridad persisten, la gobernanza —o, más precisamente, las fallas de gobernanza— suelen estar involucradas, incluso cuando el problema parece técnico en la superficie. Para ser claros, no se trata de fallas individuales, sino de estructuras de gobernanza institucional que pueden dificultar la toma efectiva de decisiones incluso cuando las personas saben que es necesaria una. Claramente, esto se cruza con la discusión sobre liderazgo y estructuras de autoridad.

La discusión señaló repetidamente situaciones en las que las responsabilidades en materia de seguridad estaban distribuidas entre roles, comités o departamentos sin un punto claro de decisión ni una jerarquía clara de autoridad para la toma de decisiones. En estos contextos, nadie decide activamente aceptar el riesgo, pero el riesgo se acepta de todos modos. Las decisiones se posponen, se reformulan o se absorben en las operaciones rutinarias porque no existe un mecanismo evidente para resolverlas.

Esto produce un patrón reconocible. El personal técnico identifica una preocupación. Los responsables de bioseguridad la documentan. La gerencia la reconoce. El liderazgo la comprende en principio. Y, sin embargo, el trabajo continúa en gran medida sin cambios porque la estructura de gobernanza complica la toma de decisiones. ¿Quién tiene la autoridad para detener el trabajo? ¿Quién asume la responsabilidad por los equilibrios entre seguridad, costo y plazos? ¿Quién es responsable cuando una desviación persiste sin resolución? En ausencia de respuestas claras, los arreglos informales llenan el vacío. Las decisiones se toman de manera silenciosa, local y sin una atribución explícita de responsabilidad.

La discusión indica que una gobernanza sólida no elimina las decisiones difíciles. Las hace explícitas. Una autoridad clara permite a las instituciones documentar compromisos, revisar supuestos y ajustar el rumbo cuando cambian las condiciones. Una gobernanza débil hace lo contrario: dispersa la responsabilidad hasta que el riesgo se normaliza. Desde esta perspectiva, la gobernanza no es una capa administrativa añadida por encima de la bioseguridad. Es un parámetro de contención que determina si el riesgo se visibiliza y se gestiona colectivamente o si se absorbe silenciosamente en las operaciones cotidianas.

 

Por qué falla la simplificación

Una frustración recurrente expresada en la discusión fue la brecha entre cómo se describe la bioseguridad y cómo se vive. Los documentos de orientación, las auditorías y las listas de verificación presentan la seguridad como un conjunto de condiciones que pueden alcanzarse, verificarse y mantenerse. Sin embargo, en la práctica, los laboratorios experimentan la seguridad como algo que debe gestionarse de manera continua, bajo restricciones cambiantes. Esto remite a la noción de que la bioseguridad es un proceso vivido más que un estado alcanzado.

La discusión sugiere que la simplificación es problemática porque elimina de la consideración los factores que moldean la toma de decisiones en contextos reales. Por ejemplo, la presión del tiempo se trata como ruido externo en lugar de como un impulsor del riesgo y como algo que altera la forma en que el riesgo es percibido. La adaptación informal se enmarca como una desviación de la seguridad en lugar de como una respuesta a brechas no resueltas que la comprometen. Se asume una gobernanza eficaz en lugar de examinarla. La memoria institucional se da por sentada hasta que desaparece.

Cuando la seguridad se reduce a métricas de cumplimiento, estas dinámicas no desaparecen; simplemente se desplazan fuera de la vista. Los marcos simplificados alientan a las instituciones a centrarse en si se cumplen los requisitos, en lugar de en cómo se toman realmente las decisiones cuando los requisitos chocan con la realidad operativa. Premian la estabilidad por sobre el escrutinio y desalientan reabrir decisiones una vez que el trabajo está en marcha. Con el tiempo, esto crea un sistema que parece controlado mientras acumula silenciosamente compromisos no resueltos.

La discusión indica que esta es la razón por la cual muchos análisis posteriores a incidentes resultan insatisfactorios para quienes participaron. Las fallas se explican en términos de procedimientos ausentes, capacitación insuficiente o error individual, mientras que las condiciones que dieron forma a esos resultados permanecen sin abordarse. El sistema responde agregando más reglas a entornos que ya tienen dificultades para aplicar las que existen. Lo que se pierde en este proceso es la capacidad de tratar la bioseguridad como una práctica gestionada en lugar de como un estado estático. La seguridad se convierte en algo que se demuestra, no en algo que se recrea continuamente.

La discusión no argumenta en contra de las normas, las auditorías o los controles formales. Sugiere que estas herramientas son más eficaces cuando se las combina con mecanismos que hagan aflorar la incertidumbre, documenten los compromisos y permitan revisar decisiones sin penalización. Sin ese emparejamiento, la simplificación se convierte en una forma de evitar preguntas incómodas en lugar de responderlas.

 

Reflexión final

La discusión que sustenta este artículo apunta a una conclusión consistente: la bioseguridad no es producida únicamente por los sistemas, ni únicamente por las reglas. Surge de la forma en que las instituciones gestionan la incertidumbre, la adaptación, la memoria, la gobernanza y el juicio profesional a lo largo del tiempo.

A lo largo de la discusión, varios temas reaparecen. Los sistemas técnicos importan, pero no operan de manera aislada. Las decisiones tomadas bajo presión temporal tienden a persistir mucho después de que las condiciones que las justificaron han pasado. Las prácticas informales surgen para tender puentes entre la intención de diseño y la realidad operativa, y esas prácticas a menudo se normalizan en lugar de examinarse. La memoria institucional transporta silenciosamente compromisos no resueltos hacia adelante, hasta que la rotación de personal o el cambio organizacional los deja al descubierto.

Consideradas en conjunto, estas dinámicas sugieren que el desempeño en bioseguridad depende menos de si un laboratorio cumple con un estándar fijo y más de si puede reconocer cuándo sus condiciones operativas se han desviado. Las estructuras de gobernanza que clarifican la autoridad, permiten revisar decisiones y documentan las razones detrás de los compromisos no son secundarias a la bioseguridad; son centrales para ella.

Comprender la bioseguridad como un sistema sociotécnico no la hace más fácil de gestionar. Pero, para líderes de laboratorio, administradores y responsables de bioseguridad, la discusión subraya una realidad práctica: mantener la bioseguridad tiene menos que ver con hacer cumplir requisitos estáticos y más con sostener las condiciones que permiten que el riesgo, la incertidumbre y el compromiso sean reconocidos y gestionados a lo largo del tiempo.